- PORQUE LOS SUEÑOS EXISTEN -

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LA VIDA MISMA PUEDE SER EL MÁS MARAVILLOSO CUENTO DE HADAS, NUNCA DEJES DE CREER ...

sábado, 15 de noviembre de 2008

Marina o tal vez tú


Era una noche de invierno, fría, tenue, sombría, Marina, como cada noche de envolvía en su manta azul celeste que solo la dejaba ver su blanco rostro y cristalina mirada, y subía a lo alto del tejado para, una vez más, mirar las estrellas y observar desde ese privilegiado lugar, la ciudad, el campanario, y los últimos gritos de los niños que, uno a uno eran recogidos por sus padres para darles los últimos mimos antes de ir a la cama.
Esa noche era especial, el humo de las chimeneas no impedía ver las estrellas, ella se quedaba eclipsada mirando cada una de ellas y en su conjunto, tanto tiempo allá arriba le había servido para distinguir cada una de las que salían en su mohoso y viejo libro de astrología y mitología,
-¡¡¡¡miraaa!!allí esta Casiopea y la osa mayor! hoy se ve preciosa la vía láctea!!!-se decía para sus adentros-.
Volaba su imaginación, se imaginaba a ella convertida en estrellas, pensaba que cuando las personas morían, se convertían en estrellas, y por eso ella aún no salía!!!en cambio veía a sus abuelos, Manolo y Carlos,¡¡¡que lindos están esta noche!!

La noche seguía envolviendo todo y ya la vencía el sueño, se fue a la cama.
Esa noche, soñó que montaba a caballo y que Tomás, el más guapo de la clase, la acompañaba, iban juntos cogidos de la mano hacia el estanque que estaba congelado y bailaban durante horas y horas…


¡¡¡Ringggg, Ringggg!!!
Sonó el despertador, ya eran las 7, hora de levantarse y de comenzar perezosamente, el nuevo día.
Marina bajó las escaleras saltando de dos en dos los escalones, eso no le gustaba mamá, pero a ella le divertía, decía que era como volar a ratitos pequeños.
Llegó a la cocina y mamá ya se había ido, estaba papá leyendo como siempre los periódicos y tomando su taza de café
–Buenos días papi- dijo Marina dedicándole a su padre el primer abrazo y beso del día.
-Hola mi pequeña- respondió el padre cariñosamente.
Desayunaron en silencio y Marina cogió las cosas para dirigirse al colegio, que estaba a la vuelta de la esquina. Nunca iban a recogerlas las amigas, decían que no les pillaba de paso, pero ella siempre las veía tirar por la acera de enfrente, nunca les dijo nada.

En clase de la señorita Andrea, ella se sentaba sola en la primera fila e imaginaba que Tomás algún día ocuparía el pupitre de al lado y que se escribirían mensajes en sus libretas, mensajes que ella guardaría toda su vida, pero Tomas llegó y se sentó al lado de la guapa Estela. La niña más guapa de la clase según todos y las mas envidiada por Marina, pero no por ser guapa, sino por que se sentaba siempre al lado de Tomás, su Tomás del alma.

Marina era una niña débil y delicada, tenía los ojos de un verde intenso y su pelo largo y rizado, muchas veces despeinado y descuidado, pero a ella le gustaba así, que no dejara ver mucho su rostro!!

Ese mismo día, a la vuelta del colegio, vio que la estaba esperando su padre, cosa que no era muy común, debido a que estaba tan cerca su casa que ya hacía años que volvía ella sola.
Tenia la cara desencajada, como pocas veces había visto Marina así a su padre, le dijo:
-Hoy cielo, te tienes que ir a dormir con la abuela, mamá se ha caído y tengo que estar con ella-. Sus ojos le delataban, estaban plagados de tristeza, rojos y encendidos por haber derramado más de una lágrima…
Marina supo que ocurría algo más, pero prefería no saberlo.
Calló, fue a casa, metió sus cosas en una bolsa y acompaño al padre a casa de su abuela Dolores.
Nunca más volvió a ver a su madre.

La casa de la abuela siempre le había encantado a Marina, era grande y tenia muchos cuartos donde podía esconderse a soñar despierta y jugar a príncipes y princesas!
La abuela la recibió con lágrimas en los ojos, marina sabia que eso formaba parte de lo que ellos como adultos sabían y le ocultaban como niña que era.

Esa noche, no subió a ver las estrellas, temía ver reflejada en ellas a su madre.
La abuelita cosía, como de costumbre, y ella le enrollaba los ovillos que veía sueltos en su caja de la costura.
-Algún día me haré mis propios vestidos-le decía a su abuela y esta le sonreía diciéndole:
-algún día hija, algún día.
Pronto llegó la noche, y marina se acostó.
Esa noche no soñó, o al menos no se acordaba del sueño, se despertó con lágrimas en los ojos y con ganas de ver a mama, seguro que papa la recogería en cuanto saliera del trabajo.
Pero no fue así, papa ese día no volvió a por ella, ni al día siguiente, ni en una semana, ni en un mes…

Marina seguía haciendo de su vida un cuento de hadas y princesas, seguía pensando que mamá volvería con papá algún día y que volvería a su querido tejado a admirar las estrellas que ahora estarían gobernadas por Andrómeda, que extendía su manto por todo el firmamento, pero eso nunca ocurrió, no volvió a su antigua casa, no volvió a su antiguo colegio, no volvió a ser niña, se había convertido ya en toda una mujercita que dedicaba sus noches ya no a ver las estrellas, sino a coser por encargos para la gente de su nuevo barrio, nunca más preguntó por qué fue de sus padres, jamás reprochó a ninguno haberla abandonado ni siquiera volvió a salir ninguna frase que contuviera la palabra mamá o papá.
La abuelita, a veces, ya mayor, hablaba de los dos, contaba mil historias a Marina de cuando ella era demasiado pequeña para recordar nada y a ella le gustaba escucharlas, imaginar lo felices que eran y la de cosas que les quedaban por hacer juntos.

Ahora la vida de Marina se reducía a coser, no salía con amigas, no iban al cine, no paseaba como hacían las muchachas de su edad. Su tez se volvía cada vez más blanquecina y sus ojos cada vez mas tristes.
- Tienes que salir mi princesa-. Le repetía una y otra vez la abuela.
- No tengo ganas abuelita, estoy mejor haciéndote compañía. Además, fuera en la calle hace frío y sabes que no soporto el frío.

La abuela sabía que las palabras consoladoras de su hija no eran fruto de lo que sentía, siempre le había gustado el frío, le encantaba el invierno porque eran las noches más claras para ver las estrellas.
Pero prefería no decirle nada a su nieta, tenía la esperanza de que tarde o temprano volviera a salir de ese cascarón que se había fabricado ella misma lleno de melancolía y recuerdos.

Una tarde, cuando volvía de comprar botones de la tienda de Dieguito, una que no quedaba muy lejos de casa que , aunque no tenía gran cosa, la prefería porque no le gustaba ir al centro,.se encontró con Tomás, con su amor del colegio, con el chico que nunca se sentó a su lado en clase de la señorita Andrea.
Ahora era todo un hombre, tenía un aspecto muy desmejorado, claro que ella no era nadie para juzgar a nadie por sus apariencias ya que ella dejaba mucho que desear.
Tomás cruzó la acera y se dirigió a saludarla:
-¡¡Madre mía que ven mis ojos!!¿Eres tú verdad? Eres Marina-. Se notaba rebosante alegría en su rostro, de veras se alegraba de verla..
-¡¡Si soy yo, Tomás!!- respondió ella con semblante serio y mirada perdida.
- Puede hacer años que no te veo, como te fuiste del colegio así, pensaba que nunca te volvería a ver.
- Pues ya ves, oye tengo prisa, me alegro de verte, ya coincidiremos otro día.
-¡¡¡Espera!! Te acompaño a casa, me pilla de camino, me dijeron que vivías ahora en casa de tu abuela.

Marina no pudo disimular la alegría que le estaban produciendo esas palabras, Tomás, su Tomás, sabía donde vivía, había preguntado por ella, se había interesado por ella…

De camino a casa de su abuela, le contó Tomás que había sido de su vida, donde había estado todo este tiempo, que se había casado con Estela, la gran estela, y que no funcionó la cosa y por eso había regresado al pueblo.
Ella le escuchaba atentamente con sus grandes ojos verdes y respondía escuetamente a sus preguntas.
Llegaron a casa de la abuela, la cual esperaba en la puerta, como de costumbre e invitó a pasar a Tomás, sabía quien era, Marina, cuando era una cría, le hablaba de él, y estaba muy contenta porque por fin su nieta se relacionaba con otra persona que no fuera el panadero cuando iba a comprar el pan.
- Pasa y siéntate hombre, seguro que tenéis muchas cosas de que hablar, yo mientras voy a por unas uvas que le gustan mucho a mi nieta y hoy estaban a cien pesetas el kilo- le dijo la abuela mientras cogía el abrigo y la bufanda de detrás de la puerta del salón.

Estuvieron hablando más de dos horas pero ya se hacía tarde, estaba anocheciendo y viendo que Marina no le invitaba a disfrutar de la cena, cosa que hizo su abuela en distintas ocasiones, cogió sus cosas y se despidió de ambas con el pensamiento de volver a aquella casa.

Marina esa noche no cosió, estuvo toda la noche quieta, mirando la chimenea y muy pensativa. Estaba reconstruyendo cada una de las palabras de Tomás.

Esa noche, intentó soñar, intentó imaginarse la vida junto a Tomás, pero no podía, no era capaz, sus ilusiones se habían ido junto con su imaginación el día que entró por primera vez en esa casa.


A la mañana siguiente, después de comer, cuando se disponía a fregar los platos del almuerzo, sonó el timbre. Marina estaba extrañada, nadie solía hacer visitas en horas de siesta ya que el pueblo tenía gran tradición en descansar lo menos 2 horas después de comer.

Abrió la puerta y se encontró a Tomas, su rostro estaba desencajado, le recordó en parte, al de su padre la última vez que lo vio. Le hizo pasar y aceptó encantado.
La abuela estaba durmiendo así que le invitó a acompañarla mientras fregaba los platos, el se dispuso a seguirla. Se le notaba alterado, nervioso, pensativo y distante.

La cocina era la estancia mas grande de la casa, a marina le encantaba cuando era chica porque era el escondite perfecto, tenía chimenea para estar calentita y comida para no pasar hambre.

Nada más entrar en ella, Tomás, agarró de la mano a Marina y le comenzó a contar una especie de cuento en el que los protagonistas eran él y ella. Marina no pudo más que comparar ese cuento con el que ella soñaba cada noche, con él, en el estanque helado…Él siguió su relato a la vez que ella cogía con ternura su mano y le dedicaba la más tierna de sus miradas, la mas pura y bella.
No hacia falta decir nada más, ella con sus roces le estaba dando su amor, ese amor que ya antes tuvo en sus manos y que no consiguió ver.
Marina se sentía feliz, ahora le tocaba a ella, era su momento…

4 comentarios:

Alatriste dijo...

Genial historia y con un nombre que evoca una de las mejores novelas que me leí en mi vida. "Marina", de Carlos Ruíz Zafón. ¡Enhorabuena por tu forma de escribir! Me parece muy sincera, muy sentida y en cuanto a tu blog, se nota que hablas de ti, que en él viertes tus sentimientos, tus sueños, tus proyectos, tus ideales.
Así que leerte es conocerte.
Muchas gracias por visitar mi desván, sobre todo porque eso me ha dado la oportunidad de estar aquí y de perderme en tus palabras.
Espero que esto sea el comienzo de una bonita amistad. Me tienes de tu lado, pequeña hada.
Un beso fuerte y cuídate.

Clarita dijo...

Muchas gracias!!!y sí me encanta "Marina"y por eso lo escogí o, mejor dicho, empecé a escribir porque me apetecía y me pareció muy de marina!
Ayer me quedé impresionada con tu forma de escribir y es que no me canso de leer tu blog, en serio tienes en mi a una admiradora aférrima!!y una amiguilla para lo que necesites!!

un beso gordo (sigo respondiendo en los otros comentarios, jeje asi no me dejo nada en el tintero)

Alatriste dijo...

Te echo de menos, así que volví para leer de nuevo tu particular Marina. Seguro que estás a la orilla del mar, envuelta en las olas suaves del Mediterráneo. Pásalo bien, amiga y cuida mucho de tu tesoro. Espero volver a saber de ti pronto. No vale olvidarse de mí, ¿eh? Je, je, je. Muchos besos y ánimo.

Alatriste dijo...

Me alegro mucho de tu vuelta. Acabo de publicar la segunda parte de Elia y me acordé de nuevo de tu Marina. A lo mejor encuentras algo de ella en mi historia. Je, je, je.
Las estrellas serían las que te tendrían que admirar a ti.
Espero que te lo hayas pasado muy bien y que vuelvas con las pilas cargadas.
A ver si coincidimos este fin de semana. Un beso muy grande.

VUELVE PRONTO. YA TE ECHO DE MENOS ...